Una flor para la hija de un héroe de guerra

por LUIS WAINERMAN

Uno de los más soliviantados cursos que debí enfrentar en mi ejercicio fue en una escuela privada de la Provincia de Buenos Aires. En 1999 suplía a una profesora de Literatura que llorando fue remitida hacia afuera por el curso . Los alumnos oscilaban alrededor de los 16 años de edad. Mi sospecha comenzó cuando advertí que la mayoría había estado en gestación durante los exaltados días de la Guerra de Malvinas. A ese sentimiento sucedió la depresión de la derrota y la convicción general de las madres engañadas por el gobierno militar.

Durante mi exilio en México los argentinos estábamos celebrados como defensores de la causa latina en los lejanos Mares del Sur: 1982 para quienes quieran refrescar su memoria.

Terminada la Guerra perdimos las Georgias, las Orcadas, las Shetlands, las Sandwich y fuimos exluidos de nuestro propio Mar. Anteriormente llegaban a las Islas que rodeaban las Malvinas industrias balleneras argentinas con comisionados militares disfrazados de operadores frigoríficos. La Nación Usurpadora denunciaba la “intromisión” ante la Asamblea de Naciones Unidas sin ningún resultado. Terminada la Guerra le dimos razones para impedir militarmente toda soberanía territorial y la exclusión a nuestro propio Mar.

A mi regreso del exilio me desgarraron el corazón numerosos episodios de veteranos mendigando en los trenes. En una principal arteria de un barrio residencial tuve la impresionante visión de dos señoras de clase discutiendo con un mendigo veterano o veterano mendigo, no sé cómo decirlo. Había perdido un miembro inferior de raíz colgando uno de los pantalones desde la cabeza del fémur hasta su ausente pie. En uniforme y apoyado en muletas insistía que antes o después volviéramos (a Malvinas.) Las dos ilustradas señoras trataban de convencerlo en contrario.

Este episodio me dio un completo perfil de la herida espiritual de postguerra que sufría la Nación, mayor que toda pérdida territorial. Todavía hoy rechina en mi oído la sonrisa confundida y la arguyente chulapa del lisiado que había perdido toda identidad individual bajo los mandos militares junto con la extremidad volada por alguna mina antipersona o una eventual metralla. Repetía incansablemente lo que los mandos le metieron en su triste cabecita.

La forzada desmalvinización impedía toda mención del caso en los medios públicos y en las aulas. Lo mismo debió haber ocurrido en toda nación derrotada y ocupada a tal punto que todavía se me llenan los ojos de lágrimas y me siento inhibido de seguir adelante.

El presente documento tiene carácter reservado. Por si algo obsta para dar el apellido de una alumna de aquel aula antemencionada aclaro que tal apellido se otorgaba en Cataluña a portadores y domesticadores de aves de rapiña en las cacerías de los señores. Igualmente era el más agresivo de los sustantivos comunes que se dan a los partidarios de las naciones beligerantes divididos en palomas y halcones. Pido disculpas si no puedo suministrar más que su nombre de pila: María Belén.

La niña de marras era una indomesticable golpeadora que atemorizaba a los varones. Su hermana mayor jugaba al fútbol con los masculinos. Era conocida en la escuela por perder sempiternamente la pelota y por los puntapiés que propinaba a los tobillos virtuosos de varoncitos hábiles con el balón.

La hermana menor, mi alumna, había estado en gestación durante la Guerra de Malvinas al igual que el resto de su exaltada generación. Era la más emblemática en las pendencias que mantenían vivo el curso. Ante la imposibilidad de dictar contenidos programáticos la convoqué varias veces al escritorio para conocer el tierno karma que la hacía tan beligerante. Debía enterarme de ello si quería restituir prolijamente la disciplina general. No había otra.

Resultó ser huérfana de padre. Tenía 4 hermanos/as y 5 medio hermanos/as del segundo matrimonio de su madre viuda. Su padrastro era un muy sufrido mártir de parroquia evangélica que ya habrá ganado el cielo, piloto de aviación, compañero del difunto padre biológico, piloto que no había regresado de una acción en que había participado

Lo chicos se le burlaban por ser la hija de un perdedor legendario en una guerra estúpida a que lo habían llevado los milicos alcoholizados. Hay que entender que los menores no se privaban, al igual que los adultos, de incrementar hiperbólicamente los límites de la desmalvinización. La nena ofendida respondía a puñetazos.

Una mañana, la peor que recuerdo de ese aula subvertida, no había un solo alumno que atendiera al omitido docente. Belén, como siempre, ahora discutía a los gritos con el gordito de atrás.

Evité imponerme como habrían hecho los docentes anteriormente defenestrados. Silenciosamente borré el pizarrón. Echando furtivas miradas a mi espalda dibujé una flor y escribí el merecido homenaje a la hija del halconero desaparecido. El reconocimiento no era resultado de técnicas didácticas sino del propio conocimiento que me diera la ninguneada víctima de la desmalvinización general.

Lentamente se fueron deponiendo los ríspidos clamores uno a uno comenzando de la primera hasta la última fila. Sólo Belén permanecía ciega envuelta en furia. Aparte de ella y su oponente el silencio era tan completo como en la Ultima Cena cuando Cristo musitó – uno de ustedes me traicionará. – El Espíritu Santo volaba carismático sobre las cabecitas frustrando a los halcones chupacirios que no alcanzaban la altura del momento.

Los minutos transcurrían y la transtornada de marras no cejaba en su santa furia. En un milagroso instante se calló. Brenda, su compañera de banco, le dio un codazo –mirá el pizarrón.- Se incorporó, vio la flor y leyó – Una flor para la hija de un héroe de guerra. María Belén (Halconera) 1982- 1999. Entonces estalló en inconsolable, estrepitoso, indemnizante llanto.

El postergado docente le había otorgado a su padre la medalla que la Nación en dieciséis años no le dio. Echando de menos las burlas de los desmalvinizadores rendía el tardío pero no menor homenaje a su hija supérstite. El pizarrón, considerado como instrumento operativo, rompía la tiniebla de la insensibilidad. El clamor indisciplinado se investía del pulso educador.

A partir de ese momento cesaron las burlas, los sarcasmos y los resentimientos. Hasta final de año no voló una mosca, las clases se dictaron. En mi despedida para mudarme a Neuquén las chicas me entregaron una carta emocionadísima La lección moral debió haber tenido para ellos/as una virtud teologal eminente. La Guerra de Malvinas hizo que los argentinos comprendiésemos que si el universo es el producto de átomos asociados no tiene más dignidad que un arrecife de coral. Pero la dignidad del Universo es la Creación.

Para sorpresa de los directivos un docente había violado el imperativo cívico de no mencionar la vergonzosa derrota. Más aún, había invadido la pulsación emocional de una niña abrazando su cabeza y mejillas chorreadas de abundantes lágrimas. El docente no vaciló contra los usos circunstanciales de la política cultural en obediencia al Espíritu Absoluto del Magisterio.

Siendo asesor pedagógico un año después en una escuela de Cutral có, Neuquén, escribí una elegía alusiva que incluyo a continuación: Pichón de halcón.

Después de 20 años, de María Belén Falconier no he vuelto a saber nada. Si alguien sabe algo, por favor, que me lo diga.

Agradezco a mi amigo Raúl Szkraba haberme ayudado a vencer el prurito inhibitorio que me inhibió de hacer publicar este poema durante tantos años.

                                                       Pichon de halcon

Islas-Malvinas

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“La cultura es la distancia que media entre lo que somos y lo que queremos” sostenía Jesús Martín Barbero citando a Edgar Morin, y en ese sentido la realidad parece encontrarnos en un hiato entre lo que parece dejamos de ser y aquello que no sabemos que seremos. Pues, si la revolución industrial inauguró una impresión de mayor velocidad, como sostiene Pierre Levy, a la que la humanidad se debió adaptar provocando un nuevo orden social. La velocidad impresa en la actualidad puede crear un orden que aún no se llega a experimentar pero si a vislumbrar. Se vislumbra en la práctica cultural dónde la herencia de la revolución industrial no deja de habitar sus espacios. Esa cultura de masas si podía serializarse, ensamblarse, venderse, comprarse, usarse y tirarse, cual paquete uniforme. Hoy lo serializable es el paquete mismo que se vuelve heterogéneo gracias a la potencia del número. La cultura de red con sus nodos, líneas y microensambles se enfrenta a la hegemonía que sigue ejerciendo lo anterior, en un dialogo amable a veces y otras en una agresiva batalla. Lo que irrumpe es el dato, la información en base numérica, en código binario. Todas las actividades humanas han sido reducidas a código, todas las herramientas y muchas de las formas de vincularse. La expresión mínima del dato digital es el byte, que a su vez está compuesto por ocho bits. Cada bit tiene dos posibilidades de expresión, o apagado o encendido, o blanco o negro, o positivo o negativo.

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Hormigas de año nuevo

Este trabajo documental está basado en la propia experiencia afectiva con respecto a la convivencia de lo que parece la mayor parte de las veces una invasión de hormigas. El conocimiento de movimientos propios con respecto a la situación, una colonia activa y numerosa de hormigas, descubriendo a su vez de dónde pueden venir y hacia donde pueden dirigirse, la sorpresa, el seguirlas y observarlas para luego tratar de erradicarlas con un insecticida. El desprendimiento de este conocimiento o memoria afectiva seria lo acertado para llevar a buen puerto el audiovisual, aunque según lo expresado por Rudolf Arnheim en Arte y percepción visual cuando dice “La influencia de la memoria se acrecienta cuando una fuerte necesidad personal hace que el observador quiera ver objetos de determinadas propiedades perceptuales.” Es entonces cuando en este trabajo caemos en una paradoja que trataremos de sortear. Es interesante recurrir a Bergson en Las dos fuentes de la moral y la religión que para ejemplificar estados contrapuestos de conciencia humana utiliza analogías de, por un lado grupos de monos , cuando asalta la inteligencia individual y colonia de hormigas por otro, cuando la conciencia es embargada por necesidad de clase o grupo cohesionando la acción para llegar comunitariamente a colmar esa necesidad. Dice Bergson “¿No serán las ideas, en su inmutabilidad, modelos que las cosas cambiantes y movibles se limitan a imitar? ¿No serán ellas la realidad verdadera, traduciendo, por el contrario, el cambio y el movimiento la incesante e inútil tentativa de cosas casi inexistentes, que en cierto modo corren tras de sí mismas para coincidir con la inmutabilidad de la Idea?”. El conflicto parece centrarse sobre la mirada, y ese conflicto es de negación, es decir, negar que la propia mirada no hiciera tomar conciencia de la existencia de colonias invasoras. Al surgir la idea de trabajar sobre estas acciones la mirada fue puesta a la altura y casi en el lugar de las hormigas. Para esto había que tomar ciertos recaudos, nos encontraríamos con un paisaje o un fondo extraño, donde para la mirada de cualquier persona seria simplemente un recorte y apenas podría vislumbrarse su pertenencia. Encontrar entonces, parte de puertas, parte de marcos, parte de zócalos y más que nada, grietas que parecen preexistir a los recorridos de hormigas o también quizás, grietas que son la consecuencia de que esas comunidades de hormigas atraviesen el espacio. Las direcciones que toman las hormigas en su recorrido forman otra línea, otra fuerza que cuando son multitud es una textura. En nuestros planos hay entonces composiciones con líneas donde algunas de ellas son literalmente puntos en movimiento. Las líneas componen planos en equilibrio o tendientes a equilibrarse, hacia el próximo plano, en la conjunción de los diferentes planos las líneas o vectores construyen una composición homogénea. Hay una suerte de nivelación por momentos y agudización por otros, construyéndose diferentes ritmos visuales. El equilibrio dinámico obtenido a su vez se enriquece con las zonas enfocadas y desenfocadas en algunos planos, adquiriendo además de líneas , texturas en movimiento en diferentes capas o estratos . El lente gran angular fue utilizado para este fin, pudiendo lograr en un solo plano varios estratos de lectura. Con respecto a la velocidad, duración y registro del tiempo, se ha tenido en cuenta la velocidad natural de las hormigas en algunos planos, lo que pueden tardar para salir y entrar del, así como en las tomas de muchas hormigas caminando el objetivo a llegar. Ya que el movimiento en esos casos es homogéneo y regular, no percibiéndose variaciones en su acción. Tarcovsky en su Esculpir en el tiempo decía: “Si rechazo los principios de un ”cine de montaje” es porque no permite que la película se extienda más allá de los límites de la pantalla. Porque no deja al espectador que someta lo que ve en la pantalla a su propia experiencia.” Y luego agregaba “Así, Eisenstein arrebata a su espectador la posibilidad de tomar una postura propia al recibir lo que muestra su pantalla”  y es que él preponderaba el flujo de tiempo encontrándole su ritmo y duración hacia el interior de cada plano. No creía en ese cine de montaje por el cual se trata de ordenar en una mesa diferentes partes tratando de dejar a terrenos de lo simbólico y no poético el fluir del tiempo, haciendo de éste un hecho engañoso. En ese sentido la visión del tiempo de Bergson es interesante al encontrar en el tiempo percibido la unión de puntos conscientes y brillantes del flujo verdadero hacia el cual accedemos sólo mediante representaciones fisiológicas y por ende recortadas. El trabajo audiovisual está dividido en bloques. En el primero se ven las grietas vacías y la aparición de las primeras hormigas . Luego las hormigas por el patio exterior y un árbol. El del interior como vanguardia , se ven hormigas separadas como si fuesen la vanguardia del ataque que luego se perpetraría, pues es evidente que la colonia actúa en forma comunitaria y cerrada y la secuencia final, la del ataque. Se trataría según lo citado por Rafael Sánchez de un desarrollo progresivo , dirigiéndose hacia un momento de clímax .

La iluminación y la duración de los planos del último bloque son diferentes al resto y es que en este caso es evidente la afectación por el clímax hallado . La  afectación es para el realizador tanto quizás cómo para el espectador. La duración de las tomas son más cortas y discontinuas, el plano de la carne, objetivo final pareciera de la colonia de hormigas, es también el último plano. Su iluminación se da con un par de fuentes débiles de luz haciendo aparecer zonas más oscuras que en el resto de las secuencias. El sonido también adquiere preponderancia, el primero es el sonido de esas chicharras mientras se ven por primera vez en cuadro las hormigas, en este caso en forma sincronizada se mueven las hormigas junto a ese grito de chicharras. Luego tenemos una serie de textos o diálogos cómo el consejo para erradicar hormigas y al final la reacción de lo acontecido con la cena en la cocina. En este caso son diálogos o voces que interactúan en forma indirecta con la imagen, no la describen pero llegan a ampliar su alcance. Dice Michel Chion que las voces toman el centro en el discurso audiovisual y tienen el poder de encorsetar a las imágenes que pueden ser más fugaces y fugitivas, él dice que en el cine el sonido es voco y verbocentiista. Y en este caso cómo el punto de vista intenta estar a la altura de las hormigas esas voces sean quizás un color más en el paisaje pero como sabemos que eso quizás sea imposible ya que arrojamos constantemente una mirada antropomorfa, estas voces aportan para una probable semántica del trabajo. A su vez, podría decir se que este registro documental responde, según la clasificación de Bill Nichols, más al observacional aunque afectado por el modo reflexivo por la exploración del punto de vista utilizado obviando la presencia humana y no tanto al poético pues aunque aparecen líneas para dirigirse hacia allí, se evitó su desarrollo (poético según la visión de Nichols que para Tarcovsky se trataría en realidad de simbólico) .