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“La cultura es la distancia que media entre lo que somos y lo que queremos” sostenía Jesús Martín Barbero citando a Edgar Morin, y en ese sentido la realidad parece encontrarnos en un hiato entre lo que parece dejamos de ser y aquello que no sabemos que seremos. Pues, si la revolución industrial inauguró una impresión de mayor velocidad, como sostiene Pierre Levy, a la que la humanidad se debió adaptar provocando un nuevo orden social. La velocidad impresa en la actualidad puede crear un orden que aún no se llega a experimentar pero si a vislumbrar. Se vislumbra en la práctica cultural dónde la herencia de la revolución industrial no deja de habitar sus espacios. Esa cultura de masas si podía serializarse, ensamblarse, venderse, comprarse, usarse y tirarse, cual paquete uniforme. Hoy lo serializable es el paquete mismo que se vuelve heterogéneo gracias a la potencia del número. La cultura de red con sus nodos, líneas y microensambles se enfrenta a la hegemonía que sigue ejerciendo lo anterior, en un dialogo amable a veces y otras en una agresiva batalla. Lo que irrumpe es el dato, la información en base numérica, en código binario. Todas las actividades humanas han sido reducidas a código, todas las herramientas y muchas de las formas de vincularse. La expresión mínima del dato digital es el byte, que a su vez está compuesto por ocho bits. Cada bit tiene dos posibilidades de expresión, o apagado o encendido, o blanco o negro, o positivo o negativo.

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